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San Juan Pablo II decía en una audiencia general sobre la oración, el ayuno y la limosna: “Acaso convenga decir enseguida que aquí no se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios.

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La penitencia y la mortificación nos ayuda a ordenar nuestro interior

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