La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caminos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado”.
Por años, o más bien siglos, la Iglesia ha recomendado estas prácticas que son tan saludables para el alma. Tienen su raíz y origen en las Sagradas Escrituras y el tiempo de cuaresma es un buen momento para ponerlas por obras, aunque todo el año es tiempo propicio ya que nos van disponiendo a revivir los misterios de la vida de Cristo.
Jesús nos habla en el Evangelio de la oración, el ayuno y la limosna y cuando lo hace nos recomienda hacerlo con una actitud humilde, sin alardear: "ora en lo secreto...", "lava tu cara...", "que no sepa tu mano izquierda..." Y termina diciendo en cada una de estas oraciones que "el Padre, que ve en lo secreto, te recompensará".
Esto nos sitúa a nosotros en una actitud fundamental e indispensable, como son la "motivación e intención", es decir, aquello que nos mueve a obrar y la intención con la que lo hacemos. Porque de esto depende el valor de lo que hagamos.
Es decir ¿obramos para ser vistos y reconocidos por los hombres, para sentir una vana satisfacción por nosotros mismos? ¿U obramos por amor a Dios y para que Él sea nuestro único remunerador?
El camino cuaresmal es un camino que nos va adentrando a una auténtica espiritualidad, cimentada sobre la humildad y el amor a Dios y a los hermanos. Sólo teniendo una motivación sobrenatural (obrando por Dios) y con el más intenso amor, todas nuestras acciones cobran un valor de vida eterna.
A través de la oración estamos llamados a dar a Dios el primer lugar en nuestra vida, que Él sea el centro hacia el cual converge todo. Es la oración el aire que respira nuestra alma. Por experiencia sabemos que cuanto menos tratamos a una persona y no nos esforzamos por conocerla más, pronto la relación se enfría y no crecemos en intimidad y cercanía. Dios quiere entablar amistad con nosotros y hacerse cercano, y uno de los mayores medios para acercarnos a Él es la oración y los Sacramentos.
No podemos amar a quien no conocemos y para conocerlo debemos tratarlo. Y la oración es aquel espacio que destinamos para ahondar en este conocimiento, sobre todo de ese Amor insondable de Dios que le llevó a entregarse a la muerte por nosotros.
Entre las oraciones que podemos hacer en este tiempo están la oración del Santo Vía Crucis los días viernes, o el santo Rosario; un tiempo destinado a la meditación de la pasión de Cristo (podría ser delante del Santísimo); etc.
A través del ayuno aprendemos a moderar nuestros sentidos y apetencias, no porque sean malas en sí, sino porque están en nosotros de una manera desordenada. Aprender a "ayunar" o privarnos de algo que nos gusta, que nos da placer, que nos resulta cómodo, ofrecer algo que no nos gusta o nos cuesta, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, no quejarnos de la circunstancias, aceptar con humildad la voluntad de Dios, etc... nos ayuda a templar nuestra alma y a dominar nuestros impulsos.
El hombre, herido por el pecado, ha quedado inclinado a la pasión desordenada que junto al orgullo y el amor propio nublan la inteligencia y debilita la voluntad, por lo que quedamos más propenso al pecado.
La penitencia y la mortificación nos ayuda a ordenar nuestro interior y crecer en virtud; debemos dejar a la inteligencia, bien iluminada por la razón y la fe, la preeminencia, esto es, que ella sea el timón que dirija la nave de nuestra alma y de este modo llegar a ser señores de nosotros mismos en lugar de ser esclavos de nuestras pasiones. Esto es parte de la invitación al discipulado de Cristo: "renunciar a uno mismo, cargar con la Cruz y seguir al Maestro".
Cómo serán de importantes estas dos primeras que Jesús asegura en el Evangelio que hay demonios que sólo se expulsan con la oración y el ayuno.
A través de la limosna nos abrimos al "otro" o a los "otros". Amar a los hermanos de manera no sólo afectiva, sino también efectiva. Jesús deja muy en claro que "todo lo que hagamos al más pequeño de sus humildes hermanos a Él mismo se lo hacemos". Y Él enumera una serie de obras de misericordia que debemos tener en cuenta: vestir al desnudo, alimentar al hambriento, visitar al preso, hospedar al peregrino, etc... Por más pobres que seamos siempre tenemos algo para dar, aunque sea una palabra de aliento o una sonrisa, aún a nuestros enemigos y a aquellos que nos hacen el mal. Porque la caridad, nos pide Jesús, debe extenderse a todos y así seremos perfectos, semejantes al Padre que es perfecto, y que en su bondad hace salir su sol sobre buenos y malos.
Mas todo esto, oración, ayuno y limosna, debe hacerse unidos a Cristo. Nuestras obras sólo tienen valor y mérito y nos santifican cuando están hechas por amor a Dios y en gracia de Dios. A esto nos invita la cuaresma y todas las prácticas que en ella podamos hacer. Quiera Dios que nos aprovechemos inmensamente de este tiempo especial para reformar nuestra vida y configurarnos más a Cristo.
Dominus Tecum.