Y es así que “un abismo llama a otro abismo”. Jesús es y será siempre la respuesta a todos los interrogantes del ser humano y a todas sus necesidades, en cualquier situación y condición en que se encuentre. Él nos invita incansablemente: “Venid a Mí los que estáis cansados y afligidos y Yo os aliviaré”. En este sentido podemos decir con el Papa Pío XII, en su encíclica Haurietis Acuas sobre el culto al Sagrado Corazón, que “se trata del culto del amor con el que Dios nos ha amado por medio de Jesús, a la vez que es el ejercicio del amor que nosotros tenemos a Dios y a los demás hombres”. Por tanto, según él, este culto es el “compendio de toda la religión” y por esto mismo la “regla de la perfección cristiana” ya que sintetiza todo el dogma y toda la moral cristiana en el amor. En resumidas cuentas el Sagrado Corazón es la fuente de donde brota el amor de Dios manifestado a los hombres en Cristo Jesús, amor que es el origen de todo lo que existe, porque estamos en el pensamiento de Dios, y en Su Corazón, desde toda la eternidad.
Así, pues, para comprender qué es el amor hay que contemplar a Jesús crucificado y Su Corazón Traspasado que nos revela, ante todo, la herida del amor, una herida causada por el intenso amor que tiene por cada uno de nosotros, pero también por el dolor que le causan nuestros pecados y todas las ofensas que recibe en el Santísimo Sacramento del altar. Y por este amor y por este dolor los actos propios de esta devoción serán el amor y la reparación. A este respecto, Monseñor Munilla, obispo de Alicante, España, gran devoto y apóstol del Sagrado Corazón, define “reparar” como “recuperar el tiempo perdido viviendo el presente con intensidad de amor”. Nada repara tanto un Corazón herido como el tener mil gestos de amor para compensar y consolar su pena y su dolor. Se trata, entonces, de devolver amor por amor, de corresponder al amor divino que arde en el Corazón de Carne de Jesús con los sentimientos propios de un verdadero Hombre.
También desde la Cruz Jesús exclama: “tengo sed”, es decir, sed de amor… ¡Qué maravilla! ¡Dios tiene sed de nuestro amor, se hace Mendigo de nuestro amor! En su cuarta revelación principal Jesús se queja dulcemente y a la vez apenado ante Santa Margarita María de Alacoque de esta falta de correspondencia de parte de los hombres. Le dice así: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres que no escatimó nada, llegando incluso a agotarse y consumirse a Sí mismo, para demostrarles Su amor. Y a cambio, de la mayor parte de los hombres no recibo más que ingratitud, por el desprecio, la irreverencia, los sacrilegios y la frialdad con que Me tratan en este Sacramento del amor”. Y los mismos santos gritaban: “¡el Amor no es amado!, ¡el Amor no es amado!”. Y suplicaban amar a Dios por todos aquellos que no le amaban.
De este modo vemos que hay una estrechisima unión y complementariedad entre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y la Eucaristía. Desde un punto de vista espiritual podríamos decir que Jesús se nos entrega como alimento por amor y sólo por amor, es decir, Él toma la iniciativa y se nos da totalmente en la Hostia Consagrada. Pero, a su vez, espera una respuesta de nuestra parte y eso es lo que nos reclama en esta bellísima devoción a Su tan fino y amante Corazón. Se trata, ni más ni menos, de aquello que es propio y constitutivo del amor verdadero: dar y recibir, amar y ser amados.
Todo el mensaje de Jesús, incluso el de las revelaciones privadas, está contenido en las Sagradas Escrituras como si se tratara de una carta de amor, o una declaración de amor. En ella Dios nos abrió de par en par Su Corazón para que bebiéramos de Él como de una fuente que salta hasta la vida eterna, y su asidua meditación busca lograr en nuestro propio corazón la síntesis de toda Su Palabra: el amor a Dios y a los hermanos tal como el mismo Jesús nos amó.
Dominus Tecum.