A 48 años de su primera homilía como sucesor de Pedro, aquel 22 de octubre de 1978, san Juan Pablo II proclamaba: «¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo!».
En este breve ensayo, nos proponemos recordar las enseñanzas del Papa Magno en materia de laicidad y laicismo, a fin de esclarecer la inserción del hecho religioso en la vida pública.
La comunidad política y la Iglesia
Enseña el Concilio Vaticano II (Gaudium et spes , 76) que la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno.
Sin embargo, la recíproca autonomía de la Iglesia y la comunidad política no comporta una separación tal que excluya la colaboración: ambas, aunque a título diverso, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , n.º 425).
Desde esta perspectiva, veamos cómo opera, para san Juan Pablo II, la relación de autonomía y colaboración entre la Iglesia y la comunidad política, al servicio de la vocación personal y social del hombre.
Laicidad en el pensamiento de Juan Pablo II
En su carta al presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, señala el Papa Magno que el principio de laicidad recuerda la necesidad de una justa separación de poderes, que se hace eco de la invitación de Cristo a sus discípulos: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Lc 20, 25) (11/02/05).
En efecto, en una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la nación, pues un sano diálogo entre el Estado y las Iglesias —que no son adversarios, sino interlocutores— puede, sin duda, favorecer el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad (discurso del papa Juan Pablo II al cuerpo diplomático de la Santa Sede, del 12/01/04).
Así, debe reconocerse la aportación que pueden dar las confesiones religiosas en virtud de su espiritualidad y de su compromiso con la humanización de la sociedad (mensaje del papa Juan Pablo II, del 20/06/02, a los participantes en un congreso sobre la nueva Constitución europea).
Desde esta perspectiva, el Papa invita a Europa a recordar su herencia cristiana, puesto que gran parte de lo que ha producido en los campos jurídico, artístico, literario y filosófico ha sido influido por el mensaje evangélico (mensaje del papa Juan Pablo II, del 10/06/02, a los participantes en un congreso sobre la nueva Constitución europea).
No debe olvidarse —apunta el sumo pontífice— lo que el cristianismo ha aportado a la cultura y a las instituciones del continente europeo: la dignidad de la persona humana, la libertad, el sentido de la universalidad, la escuela y la universidad, y las obras de solidaridad. Es innegable que «Europa se consolidó al mismo tiempo que era evangelizada» y que los cristianos, «promoviendo la libertad y los derechos del hombre, han contribuido a la transformación pacífica de regímenes autoritarios, así como a la restauración de la democracia en la Europa central y oriental» (discurso del papa Juan Pablo II al cuerpo diplomático de la Santa Sede, del 12/01/04).
Laicismo en la mirada del Papa Magno
Señala el Papa que la laicidad bien entendida no debe confundirse con el laicismo, que no pueden suprimirse las creencias personales y comunitarias y que la religión «no se puede relegar únicamente a la esfera de lo privado» (discurso del papa Juan Pablo II al noveno grupo de obispos de Francia, del 27/02/04).
Es que una legítima y sana laicidad no ha de ser un «tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas» (carta al presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, del 11/02/05).
En efecto, «una Europa que renegara de su pasado, que negara el hecho religioso y que no tuviera dimensión espiritual alguna, quedaría desguarnecida ante el ambicioso proyecto que moviliza sus energías: ¡construir la Europa de todos!» (discurso del papa Juan Pablo II al cuerpo diplomático, del 13/01/03).
Enfatiza el romano pontífice que «¡reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa!» (discurso del papa Juan Pablo II al cuerpo diplomático, del 10/01/02).
Así, el reconocimiento del patrimonio común de Oriente y Occidente —sostiene el sumo pontífice— no quita nada a la justa laicidad de las estructuras políticas y ayuda a preservar al continente del doble peligro del laicismo ideológico, por una parte, y del integrismo sectario, por otra (Juan Pablo II, 16/02/03).
Señala el Papa que las tendencias del laicismo y del secularismo agnóstico y ateo llevan a la exclusión de Dios y de la ley moral natural de los diversos ámbitos de la vida humana (mensaje del papa Juan Pablo II, del 10/06/02, a los participantes en un congreso sobre la nueva Constitución europea).
En definitiva, si las personas no pueden manifestar su pertenencia religiosa, «se corre el riesgo de un aislamiento de identidad y sectario, y del aumento de la intolerancia, que no pueden menos de entorpecer la convivencia y la concordia en el seno de la nación» (carta al presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, del 11/02/05).
Actualidad del mensaje de san Juan Pablo II
El mensaje de san Juan Pablo II conserva una asombrosa vigencia, como lo muestra el papa León XIV, quien, en su reciente viaje apostólico a Francia, ha señalado que la justa laicidad no consiste en excluir a la religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida (25/09/26).
En efecto, «la laicidad que rige la vida de los Estados no solo implica el carácter aconfesional de las instituciones civiles, sino que presupone una verdadera colaboración entre las partes, así como el respeto, por parte de las autoridades estatales y comunitarias, de la autonomía de las Iglesias y la promoción de su libertad de organización, de expresión y de culto» (28/09/26).
Conclusión
El hombre es, en cierto sentido, «ciudadano de dos mundos»: el orden temporal y el orden eterno (Carlos Alberto Sacheri, 2008, El orden natural , p. 226).
De allí que la libertad de conciencia y de religión corresponda al hombre individual y socialmente considerado (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , n.º 422), y que el derecho a la libertad religiosa deba ejercerse dentro de sus justos límites, según las exigencias del bien común y del orden moral objetivo (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia , n.º 422).
Afirma el Papa: «Que nadie tenga miedo de la actividad religiosa de las personas y de los grupos sociales. Realizada en el respeto de la sana laicidad, no puede menos de ser fuente de dinamismo y promoción del hombre» (11/02/05).
De este modo, hemos de llevar sin temor el mensaje evangélico a la vida social, política, económica y cultural, en un contexto de sana laicidad, para favorecer el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad.