Fue un partido cargado de emociones que se coronó con dos goles que revirtieron el resultado a nuestro favor. Y, tras ello, en los festejos, Lo Celso y Lisandro Martínez desplegaron sobre el césped una bandera que decía "Las Malvinas son argentinas", en torno a la que nuestra Scaloneta se paró a festejar.
No voy a detenerme en lo ejemplar y emocionante de ese gesto que unió al país entero (pueblo, jugadores, veteranos y caídos) y que enseña a todas las generaciones que Malvinas es parte de nuestra identidad.
Quiero, en cambio, referirme a la miopía del gobierno nacional que se empeña en quitarle a esta victoria sobre Inglaterra el valor simbólico que los jugadores y todo el pueblo argentino, de manera espontánea, le dieron como reivindicación de nuestros derechos soberanos sobre las Malvinas.
La cosa empezó mal cuando, previo al encuentro, la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, comunicó la prohibición de ingresar banderas, pancartas o remeras con alusiones a las islas con el argumento de que "Las Malvinas son argentinas" era un mensaje político. No sostengo que debiera promover una confrontación. Pero resulta vergonzoso que la ministra no solo haya aceptado la censura, sino que además se haya convertido en su portavoz.
Mas luego fue el propio Presidente quien, al ser consultado sobre el significado del triunfo, lo redujo a "un partido de fútbol", calificó los gestos vinculados a Malvinas como "eslóganes berretas", descalificando implícitamente la actitud de los jugadores y restándole valor simbólico a su gesto, porque (según Milei) "Las Malvinas se recuperan con diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo baratos, que si uno los lleva al plano internacional sería de características pobres y muy malas".
Se advierte la torpeza y el amateurismo del gobierno en materia de relaciones internacionales al desconocer uno de los principios más elementales de la política internacional: los Estados proyectan su influencia tanto a través del hard power (la capacidad de ejercer presión económica, militar o política) como del soft power, basado en la cultura, el prestigio y la difusión de sus valores.
Quien se dedique a la política exterior o haya viajado al extranjero sabe que Messi y la Selección constituyen quizás el principal activo de poder blando de la Argentina en la actualidad. Constituyen nuestra marca más reconocida: generan simpatía, nos hacen visibles y abren puertas allí donde la diplomacia tradicional muchas veces no llega.
Basta recordar el caso de la anciana argentino-israelí que, durante el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, evitó ser secuestrada al decir que era del país de Messi: en lugar de tomarla como rehén, los terroristas se fotografiaron con ella. Más allá de las particularidades del episodio, el hecho demuestra hasta qué punto el capital simbólico de un país puede generar efectos reales e inesperados. Ese es, precisamente, el poder del soft power: la capacidad de influir mediante el prestigio, la admiración y la persuasión, incluso en los contextos más irracionales.
Otro ejemplo emblemático del soft power aplicado al deporte fue el de Nelson Mandela, quien comprendió el potencial político del rugby y lo transformó en una herramienta de reconciliación nacional y de rehabilitación de la imagen internacional de una Sudáfrica aislada durante décadas por el apartheid.
Por ello, si Mandela (entre tantos) supo ver en su equipo deportivo una herramienta para alcanzar los objetivos de Estado, resulta difícil comprender que la Argentina no reconozca el enorme valor diplomático, cultural y simbólico de su propia Selección.
Desaprovechar este capital de soft power implica renunciar a una de las herramientas más valiosas con las que hoy cuenta la Argentina (desprovista de un hard power comparable al del Reino Unido) para promover sus objetivos estratégicos.
En la cuestión Malvinas, la estrategia británica ha consistido en preservar el statu quo (el denominado "paraguas de soberanía"), congelando la disputa y evitando toda negociación real. Londres sostiene que la cuestión está definitivamente resuelta pese a los reiterados llamados de la ONU a los que aludió el presidente Milei. Así, su principal fortaleza estratégica radica en preservar este statu quo, con la expectativa de que el paso del tiempo fortalezca su posición y debilite progresivamente el reclamo argentino.
Por eso, cuando los futbolistas más famosos del planeta expusieron espontáneamente el reclamo argentino ante una audiencia global de cientos de millones de personas, se abrió una oportunidad excepcional para ejercer soft power. Pocas veces nuestro país dispone de una vidriera semejante para proyectar su causa al mundo, despertar simpatías, moldear percepciones favorables e incorporar adhesión al servicio de su estrategia diplomática.
El mensaje fue contundente: en cuestión de horas, la imagen trascendió lo deportivo y se instaló como un hecho político de alcance global. Reuters, AP y AFP la llevaron a medios de los cinco continentes. Al Jazeera reafirmó que Malvinas sigue siendo una herida abierta entre Argentina y el Reino Unido. En China, Sina y NetEase explicaron a cientos de millones de lectores la ocupación de 1833, la guerra de 1982 y la Resolución 2065 de la ONU que reconoce la disputa pendiente de negociación.
Particularmente, en Corea del Sur, Cheonji Ilbo vinculó el gesto argentino con el de Park Jong-woo, quien en Londres 2012 exhibió un cartel por Dokdo, unas islas que disputan con Japón, permitiendo al pueblo surcoreano identificarse con nuestra causa.
La reacción británica confirmó el impacto. The Sun tituló "arrogancia argentina"; políticos y medios británicos exigieron investigaciones de la FIFA y pidieron excluir a nuestros jugadores de la final, evidenciando su indignación ante un gesto que desafiaba el statu quo.
Así, un simple gesto logró lo que la diplomacia inglesa buscaba evitar: reinstalar Malvinas en la conversación pública internacional en horas, colocando una causa nacional en el centro de la agenda global y generando un capital simbólico que, utilizado con inteligencia, puede fortalecer la posición argentina.
Es cierto que la FIFA puede (y eventualmente deberá) sancionar la conducta de nuestros jugadores. Pero ello no disminuye el potentísimo valor simbólico de un gesto cuyas consecuencias deben ser administradas con inteligencia por una diplomacia capaz de aprovechar esta oportunidad excepcional.
No se propone aquí convertir un partido de fútbol en una consigna patriotera ni utilizar la cuestión Malvinas de manera oportunista o desaforada (lo que el presidente pretende cuestionar). Pero tampoco resulta sensato descartar esta oportunidad de alcance histórico diluyéndola en una mera anécdota deportiva.
Lo que se propone es que la dirigencia argentina reconozca y capitalice aquellos acontecimientos espontáneos que ningún estratega podría diseñar, transformándolos en herramientas de proyección política internacional.
Es cierto que el gesto de nuestros jugadores no reemplaza la vía diplomática ni constituye, por sí mismo, una política exterior. Pero, contrariamente a lo sostenido por el gobierno nacional, sí aporta algo que la diplomacia necesita: visibilidad, legitimidad y apoyo internacional.
Millones de personas alrededor del globo pudieron ver que detrás de esa bandera pintada con aerosoles no había solo un festejo deportivo, sino la expresión de una convicción nacional innegociable, identitaria y permanente: que Malvinas no es una disputa cerrada sino un reclamo de soberanía que permanece vigente y que el pueblo argentino nunca ha resignado ni va a resignar, pese a los intentos del invasor inglés.
Al Gobierno nacional: el amateurismo es inaceptable. Nuestros recursos son escasos y deben aprovecharse.
A nuestros jugadores: gracias. Simplemente, gracias.
Gustavo José Lucchetta