Él mismo, Domingo, es llamado, en una de las bellísimas oraciones más conocida para la familia dominicana, "Luz de la Iglesia, doctor de la verdad", por su ferviente lucha para combatir la herejía de su tiempo. Y tal fue esta impronta que, uno de los lemas de la Orden de Predicadores es "Veritas " (verdad).
Él vio la necesidad de su época y lo aburguesada que estaba la Iglesia y decidió combatir contra esto ante todo con su ejemplo, viviendo una vida pobre; pero también con la Santa predicación, volviendo la mirada a Cristo. De hecho, queda registrado en el Diálogo de Santa Catalina de Siena lo que el Padre eterno le dice a ella: que Santo Domingo tuvo en esta vida el oficio del Verbo, lo cual revela una enorme configuración con Cristo.
Esta vida entregada a la compasión por los pecadores, a la salvación de las almas, a rescatarlas del error, se nutría de una vida intensa de oración, también a semejanza del Verbo Encarnado. Cuentan sus testigos que "de día hablaba a los hombres de Dios y de noche hablaba a Dios de los hombres ". "Nadie más asiduo que él a la oración", incluso lloraba y gemía por la salvación de las almas diciendo: "Señor, ¿qué será de los pecadores? "; a la oración le unía también la penitencia, y a tanto llegaba el deseo de sacrificarse y de identificarse con Cristo que tenía un gran anhelo de sufrir el martirio, y no habiéndolo recibido de hecho fue mártir de deseo.
En este sentido podemos entender también otro lema característico entre los dominicos: "contemplari et contemplata aliis tradere " -"contemplar y dar de lo contemplado"-. Porque esa Verdad, que es Cristo, cuando se la ha contemplado en la oración, traspasa las fibras más íntimas del ser transformándonos desde las raíces más profundas e impulsándonos, al mismo tiempo, a la predicación, a dar aquello que hemos contemplado. No se guardó celosamente para sí aquello que había recibido de Dios.
Era tan afable y ecuánime, y su semblante tan alegre que con razón se decía de él que "amando a todos, de todos era amado ", y esto no porque quisiera quedar bien con todos, sino porque su trato con los demás brotaba de la verdadera caridad, siempre con verdad, pero con caridad, es decir, de su unión con Dios y de su sincero amor a los hombres. Hasta sus correcciones eran tan llenas de misericordia que todos salían de ellas edificados.
En su lecho de muerte dejó a sus hijos y hermanos un único legado que puede ser todo un programa de vida: "tened caridad, conservad la humildad, vivid la pobreza voluntaria". Y, para consolar a los que lloraban su muerte, les prometió ser de más provecho para ellos, desde el cielo, ayudándoles con sus plegarias.
Quizá una de las cosas que más nos admira de Santo Domingo es esa humildad y a la vez esa grandeza escondida que nos recuerda a otro gran Santo: San José. Casi como si quisieran pasar desapercibidos. Más parece que destacan o parece que brillan más aquellos que estuvieron a su alrededor o los que vinieron después de ellos. Sin embargo, este anonadamiento nos habla de una grandeza de alma propia del alma humilde y que, en definitiva, no quiere sino resaltar la primacía de Dios.
Los santos de ayer, de hoy y de siempre son, valga la redundancia, siempre actuales, sobre todo ese amor a Dios y al prójimo. No podremos imitarlos totalmente porque, como diría el muy pronto canonizado Carlo Acutis, perderíamos nuestra "originalidad" querida por Dios que nos ha plantado en este tiempo de la historia, con una cultura determinada, con una circunstancia y en un contexto particular, con las personas que ha puesto a nuestro lado, con un temperamento y un carácter propio, etc... y ahí es donde nos quiere santos, pero guiados y animados por estas figuras emblemáticas que han revolucionado la historia y el mundo por haberse animado a seguir a Cristo y dejarse transformar por Él.
Dominus Tecum.