Hoy quisiera profundizar en esta idea, reflexionando acerca de cómo vivir el día a día sin sentir el agobio del tiempo sobre nuestra espalda, esa sensación abrumadora que nos invade cuando los días pasan y las ocupaciones y compromisos se multiplican.
Para prevenir la sensación de decir: “ya estamos en mayo”, “tal mes se me pasó volando”, “necesito que mi día tenga más horas”.
Como dije en la nota anterior, somos seres históricos y biográficos, necesitamos organizar el tiempo en segmentos de diversa duración para ordenar el quehacer cotidiano.
Nuestro día tiene 24 horas y nuestra semana 7 días, si pudiéramos con una varita mágica agregar horas al día o días a la semana, los llenaríamos de más actividades y muy posiblemente en un momento sería necesario volver a sumar horas o días.
Qué quiero decir con esto?
La medición que hacemos del tiempo es finita, 60 minutos, una hora, un día, etc. Empieza y termina y somos nosotros quienes debemos decidir de qué manera usar ese tiempo. Si siento que el día no me alcanza seguramente será porque proyecto hacer más de lo que temporalmente puedo.
La sociedad de consumo nos ha vuelto eficientistas. La eficiencia es la capacidad de realizar una tarea con el mínimo de recursos, por ejemplo: preparar una comida rica con los pocos ingredientes que encontré en casa porque no pude ir de compras; o hacerla en poco tiempo porque llegué tarde del trabajo. Hasta aquí ser eficiente es una habilidad positiva. El problema surge cuando, empujados por la necesidad de cumplir con todos los estándares sociales, desatendemos horas con nuestra familia o amigos, descuidamos la salud con un descanso deficiente o mala alimentación , aquí nos volvemos eficientistas: locos conejos corredores detrás de una zanahoria inalcanzable porque, cuando creemos tenerla surge un nuevo estímulo para seguir corriendo.
Para evitar esto es necesario detenernos y analizarnos. Reconocernos nuevamente a nosotros mismos, cada uno a sí mismo. Desempolvando nuestras metas, deseos y sueños, más allá de lo que el mundo nos fue imponiendo. Ser el mejor padre, la mejor profesional, tener los hijos más deportistas, cambiar el auto todos los años, viajar por el mundo, y tantas cosas más que nos llenan de culpa y frustración cuando no las tenemos y los otros sí.
La culpa y la frustración son emociones que nos mueven a salir de nosotros mismos de una manera poco sana , porque nos llevan a correr detrás de cosas o situaciones que no satisfacen una vida con sentido.
En “El hombre en busca de sentido”, Frankl plantea que el hombre no es un buscador de felicidad, sino de sentido de vida y cuando encuentra el sentido de su propia vida, encuentra la felicidad porque descubre el para qué de su ser y estar en el mundo.
Encuentra algo que lo llena de satisfacción y lo hace feliz aún frente a la adversidad de la vida.
Por eso, amigos míos, para vivir día a día sintiendo que tenemos el control de nuestro tiempo, lo primero que debemos descubrir es el sentido de nuestra vida, que para cada uno es diferente, por eso la imposición del mundo nos quita gratificación.
Cambiar el auto será grato para algunos pero no para otros… y eso está bien.
Mientras buscamos el sentido de nuestra vida, debemos proponernos metas pequeñas y reales, organizar nuestra agenda anual con la mente plantada en la realidad. Tener en claro cuántas horas de descanso necesitamos, cuántas horas requiere nuestro trabajo, cuánto tiempo le dedico al cuidado de mi salud con alguna actividad física y, por supuesto, qué momentos le voy a dedicar a mis seres queridos. Esto es fundamental para saber distinguir y limitar los compromisos ficticios que se nos imponen.
Aprender a decir no, a no responder mensajes en el tiempo que le dedico a mi familia o mi salud; sin descuidar el trabajo, aprender a desconectar cuando llegamos a casa o concluyó la jornada laboral; seleccionar las actividades extra escolares de los niños y adolescentes para no sobre cargar nuestra agenda y la de ellos.
La jornada se divide en día y noche, el hombre por convención y necesidad la dividió en horas pero es la persona, el individuo, quién debe aprender a administrar y decidir qué hacer con ese tiempo. Está en nosotros dejar de decir: “vivo a las corridas”, para empezar a decir: “tengo tiempo para tomar un café juntos”
Lic Luciana Mazzei
Orientadora Familiar