Lejos de tratarse de una reacción de intolerancia, la decisión de suspender la actividad reflejó el compromiso de la comunidad tucumana con el bienestar integral de los niños y con la búsqueda de una verdad basada en la ciencia, la empatía y el respeto por los procesos naturales de desarrollo humano.
Según expresaron, a través de diversos medios, padres, docentes y profesionales de la salud, la sociedad tucumana se distingue por su profunda vocación de cuidado: escucha, comprende y acompaña a los niños y su infancia desde una mirada integral —física, psicológica, social y espiritual—. En este sentido, la sociedad y sus referentes naturales afirmaron que la protección de la niños no puede quedar sujeta a corrientes ideológicas ni a interpretaciones adultocéntricas de la identidad, sino que debe apoyarse en la evidencia científica y en la experiencia humana más genuina.
Distinto fue el comportamiento de la Fundación convocante, que, lejos de promover el diálogo con la sociedad, acusó de “hostigamiento” a quienes expresaron dudas o críticas legítimas sobre sus planteos. Su respuesta, según se observó, pareció más una defensa cerrada que una búsqueda de entendimiento.
Mientras la Fundación insistía en que su actividad había sido víctima de agresiones, la comunidad tucumana demostró una actitud de apertura y reflexión. Lejos de actuar desde el rechazo, buscó preservar el derecho de los niños a su salud integral, a su inocencia, a crecer con serenidad, sin presiones ni confusiones tempranas sobre su identidad.
“Cuidar no es imponer —señaló una profesional local—. Amar es acompañar en la verdad del propio desarrollo, sin intervenir procesos que la naturaleza y la ciencia todavía están aprendiendo a comprender”.
Así, la cancelación del encuentro no se leyó como un triunfo de la intolerancia, sino como un gesto de prudencia y madurez social. Tucumán reafirmó su vocación por el diálogo, el respeto y la escucha, pero también su deber de proteger a los niños frente a toda forma de manipulación ideológica o confusión afectiva.
Porque la verdadera empatía —dicen muchos tucumanos— no consiste en afirmar sin entender, sino en cuidar contra conocimiento, amor y responsabilidad.