Envalentonada por su reciente y amplio triunfo electoral la CD de Atlético Tucumán ha tomado una medida inédita para esta parte del país: disponer que la entrada a los partidos de la institución sea sólo para los socios de la institución.
Casi todos los periodistas partidarios y de los medios tradicionales han aplaudido efusivamente la medida y una gran cantidad de hinchas, principalmente los que van siempre a la cancha, también la han apoyado.
Uno de los argumentos que se han utilizado para defender la medida es que River y Boca ya lo han hecho, al igual que Rosario Central o Instituto de Córdoba.
También el plantel profesional ha sido utilizado en la campaña llamando a los hinchas a asociarse.
Objetivamente el valor de la cuota es accesible y muy conveniente si sos de los que siempre va a ver los partidos. Hasta aquí todo muy lindo y aparentemente muy acertado.
Pero analizando con más profundidad surgen algunos interrogantes difíciles de responder:
¿Cómo comparar clubes de ciudades infinitamente más ricas y poderosas con un club de una de las dos zonas más pobres (la otra es el NEA) del país?
Se ha escuchado en algunos programas decir que en Tucumán el hincha va sólo a la cancha cuando el equipo va bien y que falta el sentido de pertenencia que si hay en otras ciudades.
¿Puede un periodista desconocer tanto la idiosincracia de su propio pueblo? ¿ No es acaso más acertado pensar que somos una provincia pobre y que el hincha de Atlético, San Martín, Atlético Concepción o de cualquier equipo hace un esfuerzo grande cada vez que va a la cancha?
¿Dónde queda para Leito y cía. el padre de familia que apenas llega a fin de mes y que de vez en cuando -cuando tiene una platita extra- les da una alegría a sus hijos llevándolos a la cancha? ¿Qué hace ahora el padre de muchos hijos que por el mismo motivo no puede llevarlos siempre a ver al club de sus amores? ¿Debe pagar cuatro o cinco cuotas societarias o resignarse a ver solo al deca por televisión? ¿Qué hace el adolescente que todavía va a la escuela y sueña con ver a sus ídolos? ¿Debe esperar a terminar su escuela, conseguir un trabajo y recién poder asistir al estadio? Mientras el hijo del dirigente o de un padre con buen pasar puede darse el gusto de vivir una pasión tan linda desde una cómoda platea. ¿Quién es la voz de esos niños y adolescentes sin voz? ¿Quién decide si podés o no ver al deca?
El trasfondo de la cuestión es un problema social que se va generalizando: un acentuado individualismo que lleva sólo a pensar en la propia conveniencia . La dirigencia de Atlético deberá buscar la manera de generar recursos pero sin tomar medidas excluyentes y que para peor recaen sobre los que menos tienen.
Los hinchas y los dirigentes tendrán que dejar de ser autorreferenciales y los socios comprender que Atlético no es de seis mil o diez mil personas que pueden pagar la cuota sino que es patrimonio -al igual que San Martín- de la cultura popular de la región y que pretender alejar a la gente de una pasión tan sana no puede sino traer más perjuicios que beneficios.
Desde esta humilde columna hacemos votos para que la CD de Atlético esta vez sí escuche la voz de los que no tienen voz y que su categórico triunfo electoral no la encierre en la soberbia sino que la lleve a seguir escuchando y que, si comprende que algunas cosas deben corregirse o cambiarse, así lo haga.